UNA HERMOSA NAVIDAD
Había
una vez un niño, llamado Edmundo, que era muy infeliz en la navidad, su papá
era un obrero, que ganaba un salario mínimo y su mamá era un ama de casa, que se
dedicaba al cuidado de él y de su hermano menor, era una familia, en la que había
mucha convivencia y amor. Cada navidad su padre llegaba a la casa con un pollo
rostizado para la cena navideña, también traía un par de juguetes sencillos
para regalarle a él y a su hermano. Él se sentía muy triste, porque le parecía
muy poco lo que le daban, y miraba con envidia
a otros niños que económicamente vivían mejor, ya que ellos recibían mejores
regalos y sus cenas eran con pavos y un sinfín de comidas y bebidas, y eso lo
deprimía mucho, pues creía que ellos eran más felices que él. Edmundo se deprimía
tanto que se portaba grosero con sus padres y hacia comentarios ofensivos
respecto a su pobreza.
En
esa época navideña, a Edmundo se le ocurrió pedir un deseo, pidió una navidad como
la de sus amigos, que tenían más dinero. Entonces, el día previo a la navidad,
su padre llego pegando de gritos, pues había ganado un sorteo de la lotería;
esto lleno de gozo a Edmundo, pues supuso que al fin tendría la navidad que
siempre había deseado.
Ese
día su padre y su madre, salieron muy emocionados en busca de regalos para los
niños y comida para la cena de noche buena, ya que por fin se había llegado el
día tan esperado. Después de unas
cuantas horas transcurridas, su padre y
su mamá volvieron a la casa con un sinfín de cajas de regalo, mucha comida y
bolsas llenas de cosas para casa y ropa
para Edmundo y su hermano. Junto con sus padres, llegó mucha gente; vecinos,
parientes, amigos y bastante gente, que ni siquiera habían visto una vez en su
vida. Entonces empezó la fiesta, los padres habían arreglado la casa con muchas
luces de colores y la mesa estaba llena de diferentes platillos navideños además
de variedad de bebidas y postres. El deseo de Edmundo se había cumplido, todo
era como él deseaba. Sus padres se la pasaron toda la noche platicando con la
familia, vecinos y nuevos amigos, por su puesto, que muchos de esos amigos solo
estaban ahí por pura conveniencia, incluso había unos cuantos que jamás de le habían
dirigido la palabra a sus padres, porque les parecían muy poca cosa.
Al escucharse
las doce campanadas, Edmundo corrió a darle el abrazo navideño a sus padres,
pero le fue imposible, ya que toda la gente, que estaba ahí, estaba abrazando y
felicitando a sus padres. Al terminar sus padres de abrazarse con otras personas,
Edmundo corrió a abrazar a su papá, pero su padre sin siquiera mirarlo, le
dijo: “permíteme, estoy atendiendo a mis amigos, ve al árbol navideño y toma
tus regalos, son todos para ti y tu pequeño hermano. Edmundo, todo desconsolado
se acercó a su madre para abrazarla y poder ser consolado, pero esta lo
rechazo, diciéndole: “no me molestes niño, no ves que estoy atendiendo a las
visitas, ve y juega con tus nuevos juguetes y si no quieres jugar, ve a la mesa
y come algo”.
Edmundo,
con lágrimas en los ojos, decide retirase a su habitación, diciéndose así
mismo: “que tonto fuí, que tonto”. A pesar de tener la navidad que él por mucho
tiempo había anhelado, se sentía vacío, solo e infeliz, y no sabía porque, pero
le pareció la navidad más triste de toda su existencia. Después de haber
llorado un buen rato, se quedó dormido, al despertar al día siguiente, abrió los
ojos, fue en busca de sus padres y con asombro y felicidad se dio cuenta de que todo había sido un sueño, un terrible
sueño. A partir de esa navidad aprendió
a valorar lo que tenía y se dio cuenta del verdadero valor de la navidad.
